El contenedor de basura
Tenga bellos recuerdos de mis veranos de infancia. Supongo que la mayoría pueden decir lo mismo, tal vez porque simplemente son eso… recuerdos. Todo lo relacionado con lo anterior suele vincularse directamente con esa parte del cerebro que estimula una glándula que, digo yo, segregará una sustancia que es la que nos hace sentir esa cosa a medio camino entre el placer y el dolor que se denomina “nostalgia”. Para mi son recuerdos de atardeceres rojos, de rodajas de pan de hogaza con “Nocilla”, los animales, la huerta, los bosques, el río...
Desde hace un tiempo a esta parte se han unido a esos recuerdos otros pensamientos un poco perturbadores. No tienen nada que ver con cuestiones personales, con recuerdos o con añoranzas, tienen algo que ver con la reflexión y sobre todo con nuestra manera de vivir actual.
Hace unos cuantos días estaba realizando algo tan vulgar como tirar mi bolsa de basura y entre en este proceso de encadenar pensamientos que me llevaron a la infancia. En mi mano llevaba una cantidad ingente de desperdicios, todos ellos generados en un sólo día. Yo siempre procuro evitar los productos que se excedan con los envases (¿nadie se ha fijado que los paquetes de sobaos o magdalenas son un cúmulo de bolsas y bolsitas individuales que no son más que un exceso intolerable? ¿por qué me voy a comprar unas manzanas metidas en una cestilla de plástico rodeado de más plástico?) y, en la medida en que la Administración Municipal me lo facilita, hago selección de desperdicios. Ese día di un salto en el tiempo y recordé cuando desarrollaba esa misma actividad hace una década o década y media. Por aquel entonces las personas que generábamos los desperdicios éramos más y producíamos lo mismo que en la actualidad la mitad de personas.
Este pensamiento me llevó más lejos. Justo a ese punto con el que he comenzado este “post”. Recordé que mis abuelos sencillamente no tenían contenedor de basura. No porque viviesen en una aldea, ni porque los servicios públicos que se encargaban de esos menesteres fuesen deficientes. Sencillamente no existía contenedor de basura porque no hacía falta. Mis abuelos vivían en un equilibrio perfecto con la naturaleza. Eran ecoeficientes. Los desperdicios orgánicos servían de alimento para canes, cerdos, gallinas, conejos y demás animales, que a su vez nos nutrían de un cúmulo de alimentos muy variado a coste prácticamente cero (excepto los canes, como es de suponer). A su vez, todos los habitantes de la casa (animales cuadrúpedos y bípedos) generábamos excrementos que servían de abono para los cultivos y la huerta de la casa. El agua residual de la vivienda servía para regar los campos. Las bolsas de plástico se reutilizaban para clasificar o congelar productos de la huerta. Los desperdicios orgánicos que no se aprovechaban acababan en una pila de abono junto a una importante masa de malas hierbas y paja que se originaba en las cunetas que rodeaban la casa y en los bosques próximos.
Este último asunto me llevó a pensar en los incendios forestales tan típicos de estos tiempos estivales. Veo ahora como el otrora enorme bosque que rodeaba la vieja casa familiar es minúsculo y lleno de maleza. Ya no se puede pasear entre pinos, robles, olmos, hayas, acebos y demás foresta, sólo hay una enorme masa de maleza que impide el paso. Nuevamente mis recuerdos vienen a asistirme y me recuerdan que aquellos bosques los limpiaba mi abuelo con hoz, hacha, horquilla, carretilla, sudor y paciencia. Cuando llegaba el verano aquel lugar era un paraje maravilloso donde el manto de los pinos no alcanzaba unos centímetros y en la actualidad supera el palmo de altura. Entonces el musgo, incluso en los veranos más tórridos, era el amo. Se extendía sin ley por la humedad propia de aquella zona ribereña. Ahora no se ve musgo porque sencillamente no ha podido desarrollarse con tanta suciedad y maleza. El incendio se siente en el aire, se huele en la brisa y se toca en la tierra seca porque una construcción se encargó de apartar el caudal del río y reducir el tamaño del bosque (el concepto neocon de “bosque sano”, el bosque sano es el bosque talado).
Cuando los años cayeron como una losa sobre los huesos de mi abuelo el bosque, los cultivos, la huerta y la naturaleza que rodeaba la casa parecieron envejecer con él y gradualmente desaparecieron. Recuerdo que la nostalgia que entonces sentía era más una melancolía y una triste sensación de impotencia ante la degradación de aquel maravilloso paraje que mi hijo no podrá ver nunca más. Curiosamente a medida que el deterioro de mi abuelo avanzaba la basura incrementaba su presencia y finalmente surgió ese extraño que para unos urbanitas como nosotros es como un conocido: el contenedor de basura.
No quiero continuar reflexionando hacia donde os podéis imaginar. Doy por hecho que no necesitáis ayuda, sabéis que es lo que sigue a todo esto. Yo sólo pienso en la historia, en como se repite y en como otras civilizaciones cuando todo se deterioró miró hacia el campo para huir de las miserias de las ciudades, aunque no sé si huyeron del consumismo. ¿Huirían ahora de los todoterreno que devoran gasolina? ¿escaparían de las bolsas de magdalenas? ¿correrían despavoridos de la montaña de plásticos? ¿abrazarían el levantar casas junto a bosques a los que cuidar, con huertas, establos y cultivos con los que vivir en armonía?.
No lo sé.
Oremos…




1 Comments:
hacia mucho que no escribias( y yo que no te leia) y como siempre que leo algo tuyo (o hablo contigo) me replanteo muchas coss lo cual siempre es bueno. busco de nuevo mi propia opinion a veces me reafirmo y otras busco una nueva postura. con esto solo quiero decir que sigas escribiendo que yo por lo menos, cunado saque un rato leere tu blog y te dejare un post
El Chef pero noe l de southpark EH?
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